Academia sobre Administración del Trabajo, Inspección del Trabajo y Cumplimiento en el Lugar de Trabajo – CIFOIT, Turín
Cuando los participantes entraron por primera vez en el laboratorio de innovación, Innovation Lab, muchos esperaban una sesión de formación convencional. En cambio, se encontraron con algo que se parecía más a un lugar de trabajo real que a un aula: iluminación tenue, áreas de trabajo recreadas, material probatorio, testimonios en grabaciones de voz de trabajadores ficticios y una situación que se desarrollaba a su alrededor.
«Fue mi primera experiencia de este tipo», dijo Nazmul, de Bangladesh, sonriendo tras finalizar el ejercicio. «Al principio pensé que sería un ejercicio con máquinas… pero cuando llegué aquí, se sintió humano».
El objetivo era sencillo pero ambicioso: permitir que los inspectores practiquen su labor antes de enfrentarse a situaciones sensibles o de alto riesgo en el mundo real.
Como explicó Olena Vazhynska, responsable de la actividad de la Unidad de Protección Social, Gobernanza y Tripartismo:
«Piensen en un piloto que estrella el avión muchas veces en un simulador antes de volar de verdad. Esa era nuestra lógica».
Durante dos semanas, los inspectores entraron en tres mundos diferentes —un accidente en la construcción, una cadena de suministro agrícola informal y un hospital que enfrenta riesgos psicosociales— cada uno diseñado para reflejar la complejidad, la urgencia y la incertidumbre propias de las inspecciones reales
La inspección del trabajo es una de las funciones públicas más complejas y exigentes en el mundo del trabajo. Los inspectores deben hacer cumplir un mandato amplio y en constante evolución, que abarca:
los principios generales de la inspección del trabajo;
los Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo (seguridad y salud en el trabajo, no discriminación, libertad sindical y la prohibición de trabajo infantil y trabajo forzoso);
la seguridad y la salud en sectores como la construcción, la agricultura, la minería y la industria manufacturera;
la investigación de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales;
el cumplimiento en nuevas formas de empleo;
y los enfoques para la formalización en las economías informales.
En la práctica, esto significa entrar en lugares imprevisibles, a veces inseguros, a menudo emocionalmente cargados y siempre atravesados por vidas y medios de subsistencia reales.
Las inspecciones pueden realizarse un día en una fábrica, al día siguiente en una granja remota y al día siguiente en una sala de hospital.
Los inspectores deben interpretar el lenguaje corporal, detectar riesgos ocultos, analizar pruebas, gestionar conflictos, entrevistar a trabajadores que no desean hablar o tienen miedo, y afrontar situaciones que implican traumas, explotación o peligro inmediato.
Sin embargo, a pesar de lo mucho que está en juego, recrear estas realidades en un aula tradicional es casi imposible.
Una conferencia no puede recrear la tensión de un empleador a la defensiva.
Una diapositiva de PowerPoint no puede reproducir el caos de la escena de un accidente.
Y llevar a los participantes a lugares de trabajo reales —especialmente aquellos que implican trabajo infantil, informalidad o condiciones inseguras— rara vez es posible en un contexto formativo.
Esto plantea una pregunta básica para cualquier inspección del trabajo o institución de formación:
¿Cómo enseñar la inspección sin una inspección real?
Este desafío se convirtió en el punto de partida de la iniciativa de aprendizaje inmersivo lanzada en la Academia sobre Administración del Trabajo, Inspección del Trabajo y Cumplimiento en el Lugar de Trabajo en Turín.
¿Cómo pueden los inspectores practicar antes de enfrentarse a situaciones sensibles o de alto riesgo?
.
Para responder a estos desafíos, el equipo decidió crear tres experiencias inmersivas que situaran a los participantes en escenarios ficticios pero estrechamente inspirados en visitas reales de inspección de trabajo. Se pidió a los participantes que comprendieran el contexto, recopilaran pruebas, detectaran problemas y elaboraran líneas de interrogatorio para las entrevistas, con el fin de construir informes de recomendaciones.
Cada experiencia siguió la misma lógica: observar, explorar, debatir, entrevistar y concluir —tal como ocurre en el terreno, pero con la libertad de pausar, cuestionar y volver a intentarlo.
Así es como funcionó.

Acto I — Entrar en la historia
Cada escenario comenzaba en la Sala de Cine, donde un cortometraje introducía el contexto y las emociones detrás del caso.
Para algunos participantes, este momento por sí solo marcó la diferencia.
Angela Rodríguez, parte del equipo SPGT que diseñó la experiencia, lo describió así:
«Es el momento en el que los participantes dejan de ser estudiantes y comienzan a convertirse en inspectores dentro de la historia».
Ya fuera el sonido de una escalera colapsando en una obra de construcción, la atmósfera cargada de humo de un cobertizo de curado de vainilla o el agotamiento visible en el rostro de un enfermero de UCI, los vídeos llevaron a los participantes a observar no solo los hechos, sino también las consecuencias humanas.
Las cifras lo confirmaron: el 86,9 % de los participantes afirmó que la Sala de Cine les permitió involucrarse de inmediato en la experiencia.

Acto II — La sala de pruebas: tocar, ver, escuchar, deducir
Entrar en la Sala de Pruebas se sentía, como dijo un participante, «como entrar en el lugar de una inspección real».
Aquí, el diseño inmersivo alcanzó su punto más alto.
Los participantes examinaron:
cascos agrietados y cubos abollados de un accidente en la construcción;
cuadernos de nóminas que incluían a niños como trabajadores;
guantes desgastados y botellas de pesticidas sin etiquetar;
capturas de pantalla de cámaras de seguridad de una sala hospitalaria;
mensajes de WhatsApp que mostraban hostilidad en el trabajo.
Los datos mostraron este impacto:
el 90 % fortaleció su capacidad para analizar pruebas;
el 87 % mejoró en la detección de infracciones;
el 80 % afirmó que el escenario era desafiante y realista.
Escucharon testimonios de trabajadores lesionados, colegas frustrados y supervisores desbordados.
Compararon fotografías, identificaron contradicciones, debatieron interpretaciones e intentaron desdreñar las causas profundas.
Un inspector destacó la importancia de esta experiencia:
«Hay que practicar en un entorno seguro. Eso es muy, muy importante».
La Sala de Pruebas se convirtió en un espacio donde los inspectores podían desacelerar —algo que rara vez ocurre o es posible durante una inspección real— y entrenar su atención al detalle.

Acto III — Trabajar en equipo
A medida que se acumulaban las pruebas, los participantes pasaron a las discusiones en grupo.
Compartieron su comprensión de la situación, expresaron dudas y defendieron interpretaciones contrapuestas.
Un facilitador describió este momento como el «corazón vivo» de la experiencia:
«Aquí es donde los participantes se dan cuenta de que la inspección no es solo técnica: es colectiva, estratégica y humana».
Los participantes reprodujeron dinámicas reales de inspección: elección de portavoces, alineación de relatos, gestión de desacuerdos y afinamiento de estrategias de inspección.
El 88 % afirmó que esta fase fortaleció sus habilidades de trabajo en equipo y comunicación.

Acto IV — Enfrentar la entrevista (humana o digital)
Solo después de la historia, la evidencia, las voces y el análisis llegó el paso final: la entrevista.
En todos los escenarios, la fase de entrevista se realizó con un avatar holográfico con inteligencia artificial, diseñado para comportarse como un supervisor a la defensiva, un intermediario dudoso o un enfermero exhausto.
Pero el avatar no era el punto central. Era la pieza final de todo un rompecabezas de investigación.
Un participante lo resumió perfectamente:
«Fue la primera vez que muchos de nosotros pudimos poner en práctica la formación en entrevistas. Hacerlo aquí significa que no lo haremos por primera vez en la vida real».
La tecnología impresionó a muchos, no porque fuera llamativa, sino porque estaba al servicio del aprendizaje.
Como señaló un inspector senior:
«Cuando empecé a inspeccionar, usaba cámaras Polaroid. Ahora tenemos esta tecnología. El progreso es enorme, pero solo es útil porque ayuda a los inspectores a mejorar».
Para muchos, la experiencia inmersiva no fue solo una actividad, representó un cambio en la forma en que los inspectores ven su trabajo —y a sí mismos—.
Michael, Subinspector General del Trabajo de Guinea, reflexionó:
«La IA y la innovación ahora forman parte de nuestras actividades laborales. Me voy a casa con conocimientos y experiencia completos».
Otro participante destacó el valor del realismo:
«Cuando practicamos de esta manera, regresamos a nuestros países mejor preparados —no solo con conocimientos, sino con confianza».
Angela, mirando hacia el futuro, imaginó decenas de nuevos escenarios: trabajo forzoso, trabajo en plataformas, acoso sexual, riesgos de SST en nuevas industrias.
«Esto cambia las reglas del juego para el futuro del aprendizaje».
Y un participante resumió la experiencia de la forma más sencilla:
«Esta formación nos da un espacio seguro para cometer errores, para no cometerlos en un sitio real».
Al final de la Academia:
el 95 % afirmó haber aprendido más en la práctica;
el 93 % se sintió más motivado;
el 90 % consideró la metodología inmersiva como un avance importante;
y muchos solicitaron que se integraran escenarios similares en los sistemas nacionales de formación.
Porque la inspección del trabajo no trata solo de hacer cumplir la normativa.
Se trata de entrar en el mundo de otra persona —a menudo en su momento más vulnerable— y saber cómo actuar.
Y a veces, para aprender eso, primero hay que entrar en la historia.
El enfoque inmersivo no sustituyó la formación tradicional, la mejoró.
Ofreció a los inspectores un espacio para sentir el peso de la responsabilidad, la complejidad de las realidades del terreno y las historias humanas detrás de cada infracción.
No salieron del Innovation Lab solo con respuestas.
Salieron con instintos más agudos, una empatía más profunda y un propósito renovado.